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Alfarería y Cerámica

Fuente:

IIFAEM

En un mural de barro de Metepec, Estado de México, en una recreación de su fiesta patronal de san Isidro Labrador y la importancia del maíz, aquél le entrega a Jesucristo una mazorca de oro, que recibe descolgando una mano de la cruz. Esta posibilidad de participación en la creación de la obra todavía está en control del artesano y lo diferencia del salariado o del artesano enajenado.


Marta Turok,
Cómo acercarse a la artesanía.


La mano fue el cuenco primigenio del ser humano para llevar a su boca el agua y el alimento con los cuales sació su sed y su hambre. Ha sido, igualmente, la herramienta natural con cuya creciente destreza transformó su relación con el entorno, hasta establecer su espacio, los ambientes propiamente humanos, en una trayectoria milenaria cuyo distintivo es la permanente mutación. Prevalece el cambio, sí, pero anclado a coordenadas precisas en las que se distinguen componentes fundamentales de nuestra esencia: la tradición, la variedad de las expresiones culturales, los signos peculiares de muchos pueblos (o de uno en específico, ya formada la nación mexicana).
A la idea del trabajo manual, propia de toda actividad artesanal, sumamos esta del cuenco originario para referirnos a las ramas de la alfarería y cerámica, superadas en antigüedad sólo por la de las fibras “duras”, como los tules e ixtles.
Los primeros alfareros tomaron seguramente a la mano como modelo cuando descubrieron las amplias posibilidades del barro: pasar de una consistencia amasable a una moldeable, en la elaboración de una infinidad de objetos que primero se endurecieron con el sol, después con el fuego, otro elemento domado a la naturaleza. Objetos que a lo largo de la historia han cumplido una o las tres funciones inherentes a la artesanía: la utilitaria, la ceremonial y la decorativa.
El barro dio para la metáfora sobre nuestro origen como especie, y continúa presente en nuestras vidas en este apenas iniciado siglo XXI. Es un mundo complejo, porque en la cotidianidad mexicana coexisten en los mismos mercados los jarros y cazuelas más tradicionales y modernos envases de plástico o de metal, lo que lleva a la ya nada nueva disyuntiva entre los productos artesanales y los industrializados.

ALFAREROS EN LA ÉPOCA PREHISPÁNICA
Lo expuesto en los párrafos anteriores no es algo casual. Las ramas de la cerámica y de la alfarería se sitúan entre aquellas con una raíz más profunda dentro de la cultura mexicana. Así, en el Códice Matritense de la Real Academia de la Historia, que data del siglo XVI y que fue elaborado por los indígenas informantes de fray Bernardino de Sahagún, se registra que zoquichiuhqui, el alfarero, es “el que da un ser al barro: de mirada aguda, moldea, amasa el barro”. Y se añade: “El buen alfarero: pone esmero en las cosas, enseña al barro a mentir, dialoga con su propio corazón, hace vivir a las cosas, las crea, todo lo conoce como si fuera un tolteca, hace hábiles sus manos”.
En las descripciones del palacio de Moctezuma, se habla de la gran calidad de los platos y vasijas que se utilizaban para el uso exclusivo del tlatoani; incluso existe la versión de que éste sólo usaba las vajillas una vez, aunque tal vez no fuera así. Torquemada –a quien se atribuye ese dicho– afirmó también que “había oficiales de loza y de vajillas de barro para comer y beber en ellas muy bien hechas, pintadas y galanas”.
Con la Conquista vinieron cambios en la actividad artesanal. Los españoles, que consideraron “rudimentaria” la tecnología local (a pesar de que era evidente la belleza y calidad de los objetos elaborados por los artesanos mesoamericanos), introdujeron el torno, aunque éste no fue demasiado socorrido: los artesanos nativos preferían ceñirse a una técnica más avanzada de moldes, la cual combinaron con el modelado directo. Si bien se desarrolló la técnica del vidriado, en la alfarería predominó, luego del siglo XVI, el uso de técnicas, formas y decorados indígenas y populares.

TODO CABE EN UN JARRITO…
Tal es la raíz de la actividad alfarera y ceramista en México, en una historia que se extendería a la mayor parte del territorio nacional, donde abundan localidades con producción de los objetos propios de estas ramas artesanales: barro policromado, bruñido, vidriado, al pastillaje, mayólica y talavera, alisado y cerámica de alta temperatura. Concretamente en el Estado de México, la alfarería y la cerámica son de las ramas más dinámicas dentro del sector artesanal. Un breve recuento, no exhaustivo, sobre los lugares donde trabajan comunidades alfareras remite a las siguientes localidades: la cabecera municipal de Aculco y sus poblados Unyó, San Antonio Pueblo, La Concepción, Santa María Nativitas, San Lucas Totolmaloya. En Almoloya de Juárez, mencionaríamos la cabecera municipal y Santiago Tlalcilalcalli, y en Atlacomulco, los pueblos de Bobashi de Guadalupe y San Jerónimo de los Jarros.
En Ixtapan de la Sal se ubican San José del Arenal, El Arenal de las Ollas y Tecomatepec (obvia reminiscencia de tecomatl, derivada en tecomate o vasija de forma esférica y boca grande, hecha de barro o con la corteza de ciertos frutos como guajes o calabazas).
Laboran alfareros en las cabeceras municipales de, por supuesto, Metepec, San Martín de las Pirámides y de Valle de Bravo, y en el pueblo de San Sebastián Xilalpan, perteneciente a Teotihuacán.
En San Simón de Guerrero hay alfareros, concretamente en la localidad de San Diego Cuentla, y en otro punto cardinal, en el oriente, Texcoco registra oficiantes de esta rama en Santa Cruz de Arriba, San Simón, Xocotlán y San José Texopa (en esta última localidad y en la propia cabecera municipal destaca la elaboración de réplicas prehispánicas en barro).
En Temascalcingo, al norte de la entidad, la lista es numerosa, pues abarca los siguientes sitios con producción alfarera en la actualidad: Santiago Coachititlán, Santa María Canchesdá, San Juanico el Alto, Mesa de Bañí, Barrio del Rincón, Mesa de los Garnicas, Boshesdá, Barrio Chamacueros, Las Peñitas, La Estanzuela, Bombaro, Mesa de Santiago, San Juanico Centro, San Mateo El Viejo y Santa María Solís.

METEPEC Y EL ÁRBOL DE LA VIDA
Un caso paradigmático de tradición alfarera lo constituye Metepec –en cuyo cerro se han encontrado vestigios prehispánicos como ollas, molcajetes, platos, copas y cajetes, correspondientes al pueblo matlatzinca–, en el centro del valle de Toluca, erigido como “ciudad típica” hace varios años, como reconocimiento al trabajo de sus artesanos, circunstancia que le ha permitido fortalecer su identidad al tiempo de generar una actividad económica de relevancia. No obstante lo anterior, es válido afirmar que la perseverancia de los artesanos de Metepec puede explicarse en términos de sostenerse en las tradiciones que dan sentido a sus vidas y, simultáneamente, crear formas artesanales novedosas a partir de símbolos seculares.
Tal el caso de otra figura emblemática de Metepec, la sirena, retomada por los artesanos de un relato oral sobre la Tlanchana o Clanchana, mujer-culebra o mujer-pez, propia de los pueblos ribereños de la cuenca del río Lerma, habituados a este universo acuático, según cuentan los investigadores Janneth Ortiz Flores y Marco Aurelio Chávezmaya. La sirena plasmada en el barro retoma un trozo de la mitología lacustre, que lleva como figura central a la “Atl Chane, la señora de la laguna, morena y hermosa, de largas trenzas, con penacho y medallón de flores”, con el poder de dar los bienes y los males del agua; una madre dual, ya fuera oscura o luminosa, que lo mismo alimentaba a sus hijos o los llevaba al centro de la laguna para perecer…

En los albores de los años sesenta, el jurista e historiador Antonio Huitrón acuñó el término de “alfarería estoica” al referirse al trabajo de los artesanos de Metepec, con lo que hacía alusión a su “tenacidad de artífices en el medio hostil que les rodea”, exentos como estaban de apoyos como la protección legal y económica. Empero, escribía Antonio Huitrón en su libro Metepec, miseria y grandeza del barro:
Libertad creativa, impresionante colorido que entusiasma el espíritu, mezcla de paganismo y cristianismo, eso es la alfarería de Metepec. De la arcilla que no tienen, del barro rojo que mezclan con otro oscuro y negruzco, van surgiendo fabulosos candelabros, esqueletos de vibrante dramatismo; vírgenes doloridas y apasionantes. Y de las toscas cazuelas, pieza indispensable para su arte, en que las anilinas se mezclan con misteriosas sustancias, nacen los fuertes coloridos y tonos resplandecientes. Si la ejecución del producto se realiza con procedimientos anticuados, la decoración que realizan los alfareros de Metepec es estupenda. Característica de esa decoración es la utilización de las flores y hojas pintadas al aceite, alternando con estilizaciones ‘palmeadas y doradas’, sobre un fondo de brillante aspecto, generalmente negro, como consecuencia del barro vidriado y de la greda que usan los artífices de Metepec.

Paradójicamente, muy cerca de la publicación de la obra de Antonio Huitrón, acababa de formarse el objeto artesanal que no sólo se ha vuelto uno de los símbolos característicos de Metepec, sino del propio Estado de México: el árbol de la vida. Se trata de una feliz experiencia que ejemplifica de manera cabal la confluencia entre tradición e innovación, pues la artesanía nació, en este caso, a propósito de “sugerencias externas de personas identificadas”, como dice Marta Turok, quien equipara el episodio con la aparición de las tablas huicholas, los amates pintados de Guerrero y los juguetes de Temalacatzingo, también en aquel estado del sur del país. Surgieron así “artesanías nuevas, con gran impacto en las comunidades productoras y el mercado mundial”.
La paternidad conjunta del árbol de la vida se atribuiría al antropólogo Daniel Fernando Rubín de la Borbolla y al artesano de Metepec Mónico Soteno Fernández (aunque también hemos encontrado una versión de la promotora y coleccionista Ruth D. Lechuga, quien cuenta haber solicitado a Tiburcio Soteno la elaboración de “un árbol con las figuras que usan para curar las ‘enfermedades del aire”).

De la obra Los artesanos nos dijeron… tomamos el siguiente testimonio de Mónico Soteno Fernández: 

¿El árbol de la vida? El doctor Rubín de la Borbolla fue el que nos dio esa idea. Nos dijo: quiero esto. Entonces la idea fue de nosotros. Cuando se empezó a hacer el árbol, era como una palma, o sea, un tronco con hojas, como palma. Ya después le fui dando una forma de árbol porque yo vi un candelero en avenida Juárez, pero ése era de latón o no sé de qué. Entre yo y Alfonso empezamos a hacer los árboles de distintas formas; por ejemplo, tenemos el árbol de la vida, el árbol de la muerte, el árbol de la primavera, árbol de la Virgen, árbol del Nacimiento, bueno… tantos árboles que no sabría ni cómo decir. Bueno, los árboles antiguos eran la mayor parte hechos a mano. Los de ahora casi son hechos a puro molde.


Desde entonces hasta ahora, el árbol de la vida ha hecho compatible lo tradicional con la renovación, mezcla que, en rigor, sería característica no sólo de la alfarería y la cerámica, sino que podríamos apreciar en la generalidad de las diferentes ramas artesanales en el Estado de México y en el país.  

 

 
 
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